Hay personas que llegan a nuestra vida profesional y dejan una huella que trasciende el aprendizaje técnico. Personas que no solo enseñan conocimientos, sino que transforman la forma en que comprendemos el mundo, nos relacionamos con los demás y ejercemos nuestra profesión.
Para mí, Jean Schmitz fue una de esas personas.
Tuve el privilegio de formarme con él en Justicia Restaurativa y de compartir espacios de aprendizaje que marcaron profundamente mi trayectoria profesional y personal. Su fallecimiento, el pasado 27 de mayo, deja un enorme vacío en quienes tuvimos la suerte de conocerle, escucharle y aprender de su sabiduría.
Jean no era únicamente un referente internacional en Justicia Restaurativa. Era, ante todo, una persona profundamente humana. Su manera de entender los conflictos partía de una convicción sencilla pero poderosa: detrás de cada problema, de cada daño y de cada enfrentamiento, existen personas que necesitan ser escuchadas, comprendidas y reconocidas.
A través de sus enseñanzas aprendí que la resolución de conflictos va mucho más allá de encontrar acuerdos. Aprendí la importancia de crear espacios seguros para el diálogo, de escuchar sin juzgar, de reconocer el sufrimiento de todas las partes implicadas y de confiar en la capacidad de las personas para reparar, reconstruir y transformar sus relaciones.
Jean poseía una extraordinaria capacidad para combinar rigor profesional y sensibilidad humana. Sus experiencias internacionales, su trabajo en distintos países y contextos culturales y su compromiso constante con la construcción de una cultura de paz le permitieron desarrollar una visión amplia, profunda y profundamente respetuosa de la condición humana.
Pero más allá de sus méritos profesionales, quienes le conocimos recordaremos especialmente su cercanía, su humildad y su coherencia. Escuchaba con atención genuina, hablaba desde la experiencia y transmitía cada enseñanza con una convicción que nacía de la práctica y del compromiso con las personas.
Gracias a él comprendí que los conflictos no son necesariamente algo que debamos evitar o temer. Pueden convertirse en oportunidades de crecimiento, aprendizaje y transformación cuando son abordados desde el respeto, la responsabilidad y el diálogo.
Hoy quiero rendirle homenaje y expresar mi gratitud por todo lo que me enseñó. Muchas de las herramientas que utilizo en mi trabajo como mediadora y educadora social tienen su influencia. Pero, sobre todo, permanece viva la mirada que me ayudó a desarrollar: una mirada más humana, más restaurativa y más esperanzadora sobre las personas y los conflictos.
Gracias, Jean, por tu generosidad, por tu ejemplo y por tu legado.
Tu enseñanza continúa viva en cada profesional que formaste, en cada proceso restaurativo que ayudaste a construir y en cada persona que aprendió contigo que siempre existe un camino para el encuentro, la reparación y la paz.
Te despedimos con tristeza, pero también con una profunda gratitud por todo lo que nos regalaste.
«La Justicia Restaurativa no trata únicamente de resolver conflictos, sino de restaurar la dignidad de las personas y fortalecer los vínculos humanos.»
Jean Schmitz